Lazos Prohibidos



Capítulo 2: Sentimientos

Esa noche dormí inquieta, pero era imposible que mi hermano hubiera descubierto que llevaba, unos dos o tres años enamorada de él, seguramente eran imaginaciones mías, sólo había hecho aquello para molestarme, en realidad hay veces que me preguntaba como un hombre como él me podía interesar y entonces cuando el aparecía donde yo estaba mi corazón me hacía recordar latiendo a toda máquina, que su mirada y su actitud chulesca hacia mí, despertaban todos mis instintos.
Desayunamos en silencio y sin mirarnos, cosa que no pasó desapercibida por mi madre, una mujer más bajita que yo, pelo negro y unos ojos marrones oscuros.
─Hoy estáis muy callados... ¿Ha pasado algo?─dijo mi madre mientras yo cogía una tostada de mermelada de frambuesa de la mesa de la cocina.
─No especialmente, mamá...tenemos exámenes y estamos tensos, no te preocupes─ sospecho que mi madre no se lo creyó mucho, pero, si así había sido, lo disimuló muy bien.
─Bueno...volveré tarde, hoy tu padre y yo estamos de aniversario, así que no nos esperéis despiertos ─genial, después de lo de anoche, Eric y yo estaríamos solos. Mi estomago ya empezaba a cargarse de nervios y se me quito el apetito de un plumazo, por lo que me acabé mi café y me levanté de la silla.
Salí por la puerta sin esperar a Eric y empecé a caminar a toda prisa por la enorme acera que se dirigía recta hacía nuestro imponente instituto.
Era la marca de la verdadera ostentosidad, uno de los más caros de toda Inglaterra y un antiguo castillo reformado del año mil ochocientos, toda una antigüedad.
Las clases eran enormes y el patio, vuelto a construir dejando un hermoso campo para pasear, para lo más mayores y un espacio en el medio con diversión para los más pequeños. No es que me disgustara el lugar, sino que debido a su categoría, estaba totalmente plagado de pijos. Mi hermano, por supuesto, estaba entre ellos, como buen capitán del equipo de fútbol los American Raptors, por lo que a mí se acercaban todas para que le transmitiera cosas a él o simplemente para mirarme con curiosidad y decir que yo no era muy agraciada. Una situación que me sacaba de mis casillas y que era lo que más odiaba cuando empezaba un nuevo curso, ya que las nuevas siempre veían a mí a preguntarme que le gustaba mi hermano, como podían conseguirlo o que si les hablaba bien de ellas, seríamos amigas del alma. La mayoría de las veces las ignoraba o simplemente sonreía, pero como me cogieran en un mal día, simplemente chillaba, para que mi hermano escuchara, que no era mi problema y que ahí lo tenían, que pasaran de mí.
La única que me entendía era Rosalía o Lía, como le gustaba que la llamaran, ella era mi mejor amiga. Hoy estaba especialmente tensa, por lo que había pasado, a parte del sueño tan grande que tenía por no haber pegado ojo en casi toda la noche.
Le conté a Lía, que se quedó tonta, para ella no era ningún secreto, era a la primera que le había contado que mi familia no era lo que me había contado y que estaba atontada con mi hermanastro. Cuando le dije eso, recuerdo que casi se cae de la silla de la cocina de su casa, en la cual estaba sentada, pues ese día teníamos fiesta de pijamas, pero sólo porque me decía que como podía ser tan tonta de querer a un chulo egocéntrico y superficial como era mi hermano.
─Hoy nos toca el trabajo en Historia del arte, sobre el cuadro del Infierno De Dante, ese cuadro le pone la carne de gallina a cualquiera.
Lía tenía razón, en ese cuadro se mostraba que no podía escapar de la muerte, pues ella siempre te perseguiría hasta terminar por encontrarte, algo totalmente espeluznante, que sin embargo, era ley de vida.
─Bueno a mí sólo me preocupa que este bien el comentario del cuadro, porque, no pienso morirme hasta ser viejecita y con un buen hombre a mi lado─ dije mientras me reía y Lía se unía a mi rápidamente.
Durante la clase de arte mi cabeza empeoró, ya no sabía si era por el sueño o porque me había puesto enferma, de manera que le pedí permiso al profesor, para dirigirme a secretaria y pedir un pase de servicio, recordándome que hasta para tener que ir al baño debías pedir un solicitud. Era tal la pijería de mi instituto que además también teníamos que llevar uniforme, una falda a cuadros azul y gris con jersey y polo blanco para las chicas; pantalones grises, jersey azul y polo blanco para los chicos. Llegue un pocos minutos a secretaría, afortunadamente mi clase ese día estaba cerca y no tendría que caminar mucho para mi alivio, aquello podía ser tan grande que te perdías y siempre encontrabas algo, que no recordabas que estaba allí.
Casi estaba en el baño, cuando unos gritos me sobresaltaron, provenían de una de las aulas de químicas, que a estas horas, no estaba vacía, no pude evitarlo y me asomé, pues había ventanas por toda la clase, para descubrir con sorpresa a mi hermano, discutiendo con un chico alto y rubio de ojos grises. Un poco más bajo que él su hermosura de podía distinguir a kilómetros de distancia, pero no tenia aquella peligrosidad y belleza que tanto caracterizaba a mi hermano y que hacía que todas suspiráramos por sus huesos.
─Me importa una mierda─ decía Eric─ lo que digan los demás Gabriel, yo soy el que la ha protegido siempre y seguiré haciéndolo. No tenía porque deciros nada, ni antes, ni ahora.
─Pero ella sospecha y pronto cumplirá los dieciocho años, la verdad de su nacimiento saldrá a la luz y todo el mundo querrá encontrarla, o... ¿piensas tenerla en la ignorancia?- así que el chico rubio se llamaba Gabriel, un nombre raro, de una época antigua y no muy común.
─No claro que no, es algo que debe saber, pero es muy pronto, aún me quedan tres meses─ que casualidad, en tres meses yo cumpliría los dieciocho años, la persona de la que hablaban también lo haría.
-Arista está muy disgustada, bueno todos lo estamos, no sabíamos nada. Esto te traerá consecuencias, Eric-dijo el chico rubio, llamado Gabriel.
-Señorita Alejandra-me giré rápidamente, para descubrir con disgusto, que mi profesora de español estaba plantada en medio del pasillo, mirándome con sus gafas de media luna, visiblemente enfadada-debería estar en clase.
-Yo...iba al baño, tengo el permiso de pasillo, pero me entretuve...lo siento, ya voy a clase- giré la cabeza y ni Eric, ni Gabriel estaba ya en la clase de química, ¿por dónde demonios habían salido?. Tal vez se escondieron simplemente...deja de pensar tonterías Alejandra, esto no es una película, me decía mi subconsciente.
-Que no se vuelva a repetir, Alejandra-mi profesora aún seguí allí, menuda de pelo negro, con sus gafas de media luna y su nariz prominente, de la que todos se reían, cuando ella no estaba presente, pues a pesar de su estatura infundía un gran respeto. Dicho aquello se alejo, por el lado contrario del pasillo.
Cuando volví a clase ya estaba sonando la alarma que nos decía que cambiaríamos de aula y que fuéramos a matemáticas, que era la clase que nos tocaba a continuación. Era una de las aulas más bonitas de todo el castillo, se encontraba en la parte superior y sus enormes ventanales te dejaban apreciar la inmensidad del jardín que teníamos por patio trasero. Al pasar por el ultimo pasillo vi al chico con el que Eric había estado hablando, sin duda era de los cursos superiores, no pude evitar quedarme mirándolo, mientras lo veía coquetear con una de las chicas mayores igual que él.
El profesor de matemáticas, era también nuestro director; piel blanca, bastante entrado en años, pelo canoso, pero con un gran sentido del humor, que hacía que te divirtieras con sus clases, pero que le tuvieras respeto si te llamaba a su despecho como director, pues cambiaba completamente y se comportaba como requería su cargo.
Aún recuerdo el primer día de clase con él, todos asustados, mientras el entraba con mal humor y cerraba la puerta. Después y sorprendiéndonos a todos empezó a esbozar una gran sonrisa y dijo-A pesar de mi fama, en las clases no soy así, pueden llamarme Matías, no se lo digan a nadie o me perderán el respeto-a lo que todos reímos con un sonoro estruendo-las matemáticas son complicadas y de esta manera les serán más fáciles a lo largo de su vida, de manera que, lo que quiero conseguir es que se olviden de su complicación y disfruten con ellas-era sin duda un gran profesor y había conseguido que adoráramos aquella complicada asignatura.
-Hoy mis alumnos de un último curso os darán la clase ya que así, se prepararán para sus exámenes finales antes de acceder a la universidad que han elegido. Tened piedad de ellos y aprender, pues algunos de ellos, llegarán a ser personas muy importantes en un futuro. Hoy y durante este mes, empezaremos y para la primera clase contamos con la presencia de Blanca y Gabriel, que se han presentado los primeros voluntarios.
Oh...allí estaba el chico que había visto hoy más en un día que en todos los años que llevaba en este lugar. Los suspiros y las sonrisas fueron unánimes en mi clase, todas suspiraban por él, no se podía negar que tenían razón, pues sólo con admirar sus cuerpo querías que te poseyera, pero para mí no tenía caso, pues en mi cabeza sólo existía Eric.
-Muchas gracias por la oportunidad, profesor, espero que les guste como vamos a dar la clase y cualquier duda no duden en preguntármela-dijo con una sonrisa que había vuelto a arrancar un suspiro de todas las tontas de mi clase.
La clase no estuvo muy entretenida, salvo por una pregunta que le hizo la más pija de toda la clase-¿tienes novia?- todos nos quedamos sorprendidísimos, a pesar de que ya estábamos acostumbrados a su descaro, era además una de las más populares de nuestro curso. Pensé que no iba a contestar, pero no fue así- pues de momento, no- a lo que añadió una enorme sonrisa y me miró a mi descaradamente, lo que hizo que le mirará con intriga, pues nunca se había fijado en mi. ¿Podría ser que la chica por la que discutían era yo?...oh, vamos Alejandra, deja el tema, te estás volviendo una paranoica, volvió a decirme mi subconsciente.
Las demás clases se sucedieron con normalidad, no me había vuelto a encontrar con Gabriel ni tampoco con mi hermano en todo el día. Hoy además, tenía que entrenar, así que yo llegaría a casa antes que él.
Me despedí de Lía y fui caminando, hoy hacía un día precioso y además mi casa no estaba muy lejos. Llegué en apenas cinco minutos y descubrí con sorpresa que la verja estaba abierta, asustada, llamé a Eric, que como siempre no contestaba al maldito móvil. Me armé de valor, después de haberlo intentado cuatro veces sin obtener respuesta y me encaminé a la puerta, abrí la puerta y no había nada fuera de lugar y tampoco nadie. Mi miedo era totalmente infundado y pensé en que tenía que controlarme, cada vez me estaba volviendo más paranoica.
Subí a mi cuarto, me puse ropa cómoda y baje a la cocina a preparar la cena. Hoy me apetecían unos espaguetis con carne, de manera que, hice la salsa, puse la pasta y para cuando ya estaba listo todo, apareció Eric por la puerta.
-Huele bien, hermanita. Podías hacer esto todos los días, serías una buena criada.
-Calla imbécil o te quedas sin cenar-me miró haciendo un puchero de arrepentimiento y mi corazón se derritió. Lo dicho cada vez me era más difícil aparentar delante de él y menos cuando a continuación subió para cambiarse y bajó solo con unos pantalones de pijama negros sueltos y sin camisa.
-Ponte la camisa-dije nerviosa, pues no soportaba ver su cuerpo y no poder tocarlo, pero no iba a decirle eso.
-Estoy en mi casa, come Alejandra- dijó con los ojos cerrados y visiblemente molesto.
-Hoy te vi...¿sabes?-sus músculos se tensaron ante mi confesión- estabas en la sala de química hablando con un tal... Gabriel, que después me dio clase y no dejaba de mirarme-sus músculos se tensaron más aún y apretó sus manos durante un segundo, que no habría visto si no lo estuviera mirando fijamente.
-No es de tu incumbencia, Alejandra-y levantó la cara para mirarme- y aléjate de él.
-Si no me lo explicas no pienso hacerlo, hermanito- contesté desafiante.
-Aléjate Alejandra, te lo digo por tu bien- estos días cada vez estaba más raro, pero prestándome más atención que nunca.
-Haré lo que me dé la gana, Eric-dije zanjando el tema-y... ya he acabado de comer, buenas noches-dije levantandome de la mesa.
Dejé mi plato en el fregadero y al pasar a su lado, él me agarró por el brazo y me miró fijamente- Alejandra...yo...- cerró los ojos y suspiro-buenas noches- le desee lo mismo, mientras él me soltaba y yo subía las escaleras a toda velocidad hasta mi cuarto, sospechando en que eso no era lo que había querido decirme.



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