domingo, 30 de junio de 2013

LAZOS PROHIBIDOS



Capítulo 4


A pesar de todo fui a la cafetería a encontrarme con Gabriel, mi obstinación y orgullo, a pesar de estar enamorada de mi hermanastro, me lo exigían.
Gabriel ya me estaba esperando en una de las mesas del gran comedor con una gran sonrisa pintada en su rostro. Fui a la cafetería antes para pedir algo de azúcar, necesitaba chocolate, una manera rápida y que me encantaba de subirme la tensión y relajarme.
─Me alegra que hayas aceptado mi invitación─ dijo, mientras apoyaba su cabeza, sobre sus manos─ como tardabas, pensaba que ibas a dejarme plantado.
─Tuve que retrasarme, lo siento─ le dije con una sonrisa, mientras le quitaba el envoltorio a mi chocolatina, que era lo único que me entraba en el estómago, después de mi encuentro con Eric─ la verdad es que nunca te había visto antes.
─Si yo a ti tampoco, un fallo por mi parte, pues conozco a todas las chicas guapas de este inmenso colegio y claramente, tu eres una de ellas─ empezaba mal, si pretendía conquistarme con halagos de belleza barata, era mono, pero no tanto.
─Gracias, pero yo no creo eso─ dije con una sonrisa forzada─ para mí, la belleza, es una tontería, las personas por dentro son lo que cuentan….los hombres que creen en eso para mí, son unos necios, arrogantes que no ven más allá del culto al cuerpo.
─Vaya, si que eres bastante culta para tu edad. Lo siento, Alex, no era esa mi intención.
─Ya sólo pensaste que era igual que todas las tontas chicas que hay en ese colegio, a las que, sin duda, se les cae la baba cada vez que les hablas…─su cara era de un asombro total, pero no pensaba callarme─ pues déjame decirte algo, antes de hablar con alguien, conócela primera, tal vez aprendas algo─ y con esto último me levanté de la mesa y me fui con mis amigas a clase, pues ya había tocado el timbre , que nos avisaba que el descanso se había acabado.
Las dos últimas clases del día resultaron tremendamente aburridas, no es que a mí no me gustara la historia, sino que me encanta, pero con la profesora Lorreine Maxwell, las clases eran tremendamente aburridas.
Se dedicaba las horas leyendo el libro, de manera que podías darte cuenta de que pasaba una mosca o dormirte en plena clase, es decir, una manera totalmente aburrida de estudiar la preciosidad de saber que les había pasado a tus antepasados, cosa que a mí me fascinaba y me intrigaba desde los diez años.  Cuando ya sólo quedaba media hora y la mayoría de nosotros estaba ya maldiciendo o pensando que quedaba muy poco para deshacernos de ella y su interminable charla, yo pasé la hoja de mi libro y lo que me encontré hizo que centrara en ella toda mi atención.
A lo largo de la historia, son muchas las religiones y reyes que temían que hubiera algo más allá que los atemorizará cuando se acabara este mundo.
Son numerosas las leyendas que hablan de ángeles negros que te llevan al paraíso o al infierno, los llamados ángeles de la muerte. Otras religiones como los budistas, creen en que todos nos reencarnamos según, las buenas o malas acciones que realizamos a lo largo de nuestra vida. Si esto fuera verdad, una persona que hiciera algo terriblemente malo, podría ser un simple hormiga en su siguiente vida y una buena persona, otro humano en su pleno nacimiento o un perro, ya que su vida, es sumamente tranquila.
No sé porqué, todo esto me inquietaba, muchas cosas habían pasado entre Eric y yo, además de con Gabriel y la verdad es que nunca me había pensado a pensar en ello, pero era algo realmente inquietante. Los fantasmas y la muerte, no era algo que me gustara, amaba demasiada mi vida, pero…tenía un mal presentimiento.
Mientras veía el cuadro de Dante, que ya había tenido que estudiar días antes, sonó el timbre y por fin salimos, ese día estaba cansada y, tras haberme despedido rápidamente de Lía y de Shannon, fui caminado a grandes pasos hasta mi casa.

Eric ya estaba allí, pues estaban sus zapatos en la entrada, pero no mis padres, algo raro pues solamente trabajaban de noche. Entré directa a la cocina y vi la nota en la nevera “Vuestra abuela está enferma, volveremos lo antes posible, no os peléis. Tenéis la comida en  el horno, besos. Papa y mamá”
Genial, otro día solos, como si el de ayer no hubiera sido lo suficientemente intenso, para que hoy estuviéramos igual. Intenté relajarme, pero mi corazón repiqueteaba en mi pecho como un tambor, a causa de los nervios, sobretodo, cuando empecé a subir las escaleras, mientras él las bajaba.
─Creo que te dije…que no fueras a esa cita con Gabriel, Alex─ me dijo mientras se paraba para mirarme molesto y con cara de furia.
─Bueno, yo también te dije que era mayorcita, hermanito. Déjame tranquila…no tengo que darte explicaciones─ y antes de que subiera el escalón, me cogió por el brazo y me empujó contra la pared que rodeaba nuestras escaleras.
─Sí que me importa, no quiero que estés con él─ y su cuerpo se acercó tanto que estaba pegado completamente a mí─ quiero que estés conmigo.
─ ¿Te has vuelto loco? Somos hermanos, Eric. Además yo no…─ imposible no podía decir que no me gustaba, esto era lo que tanto había soñado. Esto confirmaba que él había cambiado, que algo había cambiado.
─ ¿Tú qué Alejandra?─ y sus manos me acariciaron mi mejilla, cómo lo había hecho en la sala vacía por la mañana─ se que tu también quieres y…la verdad, aunque no quieras, querrás…no pienso dejarte que estés con ese idiota.
─Yo…─ pero mis palabras, no salían. Mi corazón y mi mente no querían rebatirle nada, además no era mi hermano─ suéltame Eric, por favor. Si nuestros padres nos ven…
─No me importa, Alejandra.
Sus manos agarraron las mías completamente, las puso sobre mi cabeza y se acercó a mi rostro, iba a besarme. No se me ocurría nada, lo que había deseado durante años, se iba cumplir, por fin. Mi corazón latía como nunca lo había hecho en mi vida, si alguna vez había tenido dudas de lo que sentía por Eric, hoy se habían ido de mi cabeza junto con mi razón. No me importaba la gente, no me importaban mis padres, sólo sus labios que estaban a punto de rozar los míos.
─Chicos, ya estamos en casa, ¿dónde estáis?─ mis padres, siempre tan oportunos. Eric se separó de mí, pero me susurró algo al oído; ─ La próxima vez, tus labios carnosos y dulces, serán míos, Alex─ me quedé sin respiración, sin palabras, sorprendida e incrédula de sus hermosas palabras y del deseo que llevaba impreso en ellas.
─Oh…estabais aquí, ¿todo bien? Vamos a cenar, vuestra abuela no tenía nada grave. Sólo un simple resfriado. Venga, rápido Alex, hija. Vete a cambiarte y a cenar─ me había quedado tan impactada, que me costaba moverme de la pared.
─Si mamá, enseguida bajo─ y cuando mi madre se perdió en la cocina, Eric me regaló una sonrisa torcida, preciosa, mientras yo subía las escaleras.

La cena era pescado, hecho al horno con sal, era una de mis comidas preferida y muy sana, cómo casi todo lo que preparaba mi madre en nuestra casa.
Terminé de comer y me fui a mi cuarto. Arreglé mis cosas para mañana, cogí mis cascos, encendí mi Ipod y me puse a escuchar música, pues sabía que con lo que había pasado hoy, me costaría mucho trabajo dormir.

****
Eric estaba frustrado, tenía tantas ganas de besar a Alejandra, que había estado a punto de hacerlos invisibles y juntar sus labios con los de ella.
Era uno de los poderes que tenían todos, pero no podían permanecer así más de media hora, tiempo suficiente para lo que Eric pretendía. Sólo lo había frenado el hecho de que ella se asustaría, ese no era el momento, tendría que descubrir las cosas por sí misma, ella era lista.
Sentía curiosidad por lo que ella podría hacer cuando cumpliera los dieciocho años, acontecimiento para el cual, quedaba cada vez menos. Lo que si a Eric le había sorprendido muchísimo es que ella no se apartara de él o no insistiera tanto, podría ser que supiera que no eran hermanos, tendría él que averiguar, que era lo que Alejandra sabía y eso implicaba enfadarla y no había cosa que Eric deseara más que verla así, ponía una cara tan adorablemente hermosa que se le removía todo por dentro.
Estaba de nuevo en la tierra de los muertos, pues Aris los había llamado de nuevo y parece ser, que también algo urgente. Un ángel había entrado por su ventana hace menos de una hora, cuando Eric se debatía en si entrar de manera invisible al cuarto de Alex.
─Chicos, el caso es grave. He estado revisando libros y leyendas, que sobrevivieron a la gran catástrofe, cuando nosotros nos convertimos en los cuatro de la tierra de los muertos─ empezó a decir Aris. Esta vez, estaban en su casa, donde Aris había recreado una casa ostentosa con grandes columnas, suelos de mármol, cinco habitaciones de grandes techos  y completamente rosada, que desagradaba a todos menos a ella.
─Según esto─ dijo mientras cogía un libro viejo y desgastado─ nacerá en la tierra alguien con la fuerza de los demonios y la pureza de los ángeles que hará volver al mundo a su origen─ todos se quedaron callados, aquello era más de lo que esperaban─ citado textualmente dice.
“El día del apocalipsis vendrá a la tierra para destruir el mundo que conocemos. Una niña nacerá bajo la protección tanto del cielo como del infierno, albergando fuerza y pureza de ambos mundos, como única llave de equilibro entre ellos. Todo principio tiene un fin y un nuevo comienzo, la materia se crea, se destruye y vuelve a generarse”
─Eric… ¿cómo sabes que es Alejandra?─ dijo Aris mirándole.
─Sabéis que puedo cambiar realidades y emociones, hacer que la gente crea lo que yo les digo que deben creer─ dijo mientras daba vueltas por la sala tocándose la barbilla─ En una de mis numerosas visitas al mundo humano la vi. Alejandra estaba leyendo un libro en uno de los árboles de su colegio, una humana más, alguien que no me hubiera llamado la atención, si no hubiese sido porque, al levantarse se cayó. Su pierna se llevó un leve corte, que para mi asombro se curó ante mis ojos en un segundo, cosa que ella no pareció notar. Después de eso hice que todos me vieran como su hermano, incluido ella.
─Bueno…de momento, seguid haciendo lo que os dije. Si la tenemos de nuestra parte, ese apocalipsis no podrá llevarse a cabo─ Eric y Gabriel se fulminaban con la mirada, pues estaba claro que los dos querían estar con ella.
─Hay otra cosa que os interesa y os atañe únicamente a vosotros dos─ los aludidos se giraron ante Aris y la miraron con desconcierto─ Alejandra tiene mitad de ángel, si alguno de vosotros se acuesta con ella, su parte buena perecerá y no habrá forma de que este apocalipsis se pare.
─Así que…mantened a raya vuestra testosterona, o las cosas se complicarán mucho. Sería lo mismo que aquí cuando os acostáis con uno de los ángeles que tenemos de mensajeros o cuidadores. Cuando averigüe  algo más, volveremos a vernos. No os olvides lo que os he dicho.
Eric se apareció de nuevo en su casa, más frustrado aún que antes, pues sólo de pensar en quitarle la parte buena a Alejandra por acostarse con ella le hacía querer alejarse de ella, y así poder protegerla. Sin embargo, su ganas de seguir viendo sus reacciones y disfrutar de su tacto, hizo que se volviera invisible y entrara en us cuarto.
Alejandra estaba con los cascos puestos, dormida encima de las mantas. Eric le quitó los cascos con mucho cuidado, la tapó con us sábanas y después de darle un beso en los labios que se moría por besar salió de su habitación con una gran sonrisa.

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