Capítulo 3
Me tumbé en la cama
bocabajo, en mis sábanas rosas, sólo tenía ganas de dormir.
Cada vez me costaba más
disimular mi indiferencia hacia Eric, mi hermanastro. Mi mente daba vueltas y
vueltas al tema, estaba más que claro que lo que fuera que aquel chico,
Gabriel, y él estaban hablando era algo
importante y él no quería decirme nada.
Una luz en la puerta de mi cuarto, me sacó de mis pensamientos, mientras
de hacía sutilmente la dormida, pensando que eran mis padres que habían vuelto
de su cena romántica de aniversario.
Pero ese olor familiar, que
conocía tan bien me decía que era Eric, el que estaba traspasando la puerta de
mi habitación. Mis músculos se tensaron, me puse nerviosa, intentando por todos
los medios parecer dormida, mientras él se acercaba a mí y me daba un beso en
la frente.
─Alejandra, te protegeré, de
todo y de todos. Nunca permitiré que te hagan daño, dulces sueños─ y sentí que
la puerta se volvía a abrir, para después volver a cerrarse con cuidado.
¿Qué mierda había sido
aquello?...yo tenía razón, entonces, yo era la persona de la que hablaban
aquellos dos en los laboratorios de química, Eric, me ocultaba algo, algo
grande e importante. Tendría que averiguarlo, si él no pensaba decírmelo,
pensaba probar suerte con su amiguito o lo que fuera Gabriel. No pensaba
quedarme parada, el diecisiete de septiembre cumpliría los dieciocho años y
para eso sólo quedaban tres meses, tiempo suficiente para enterarme de lo que
iba a suceder conmigo.
Intenté dormirme por todo
los medios, sin mucho resultado, lo de contar ovejitas, funcionaba cuando eras
niña, con todo lo que yo tenía en la cabeza y sobre todo, por las angustiadas
preguntas que recorrían mi mente me era imposible. Cansada pero sin sueño, me
puse a leer un rato, ya que era otra cosa que me encantaba a parte de escuchar
música y así mi mente se olvidaría de lo extraño que resultaba mi hermano en
estos momentos y de las interminables preguntas que tenía en mi subconsciente.
****
Hacía dos meses que
Eric no volvía a ese lugar, pero tal
como había dicho Gabriel, tenía que dar explicaciones, ya que había mantenido
en secreto la existencia de Alejandra.
Había ido a verla a su
cuarto haber si estaba bien, no soportaba verla llorar, pero ella estaba
dormida y su cara tan hermosa, que no había podido reprimir las ganas de
besarla en la frente. Le llamaba la atención como nadie en sus miles de años de
vida, lo había conseguido y eso, que muchas mujeres habían pasado por su cama,
pues era uno de los cuatro grandes y su hermosura a los ojos de los demás les
atraía.
Con ella era diferente, la
había visto crecer, su hermosura había aumentado a causa del aumento de su edad
y era cada vez más bella y atractiva. Sus ojos castaños claros como el agua,
que te podías reflejar en ellos, su cabello castaño-liso y sus labios gruesos y
rojos, hacían que fuera una tortura para él contemplarla y no poder darle un
beso en los labios, pero para ella él, solo era su hermano y eso la asustaría.
Eric abrió la enorme puerta
negra y se dirigió al salón de reuniones de su casa, donde estaba seguro que
los demás estaban esperándole. Esa casa la había construido y supervisado él,
quería que fuera su refugio y hogar por siglos, pero cuando se fue a vivir con
Alejandra como su hermano, no pasaba muchas noches en ella, ya que se le hacía
muy fría y vacía, porque ella no estaba con él, un sentimiento nuevo para Eric,
que no sabía interpretar.
Él era una de los cuatro
grandes, que habían sobrevivido al
apocalipsis y que reinan en los cuatro puntos cardenales de la tierra de los muertos.
Al contrario de lo que todo el mundo pensaba, no existía ni cielo, ni infierno,
sino que al morir ibas a una especie de limbo gobernado por ellos, según el
país donde vivías. Allí sólo con pensarlo tenías lo que desearas siempre que no
fuera algo malo, además de que las familias tenían el mismo lugar para sus
antepasados y así, convivían generaciones de su misma familia.
Para controlar la paz aparte
de ellos, que poseían inmensos poderes, pues descendían de Dios, habían creado
a los ángeles guardianes, que hacían que se hicieran cumplir las normas que
estaban desde hace ya bastantes siglos.
La principal de ellas era
que no se le podía decir a nadie como era en realidad la muerte, que existía
este lugar y que era un lugar maravilloso, a pesar de las normas. La gente
necesitaba el control de saber que podía haber algo malo y que tenían que
luchar por su vida, sino todo el mundo que le salieran mal las cosas,
terminarían suicidándose para acceder a este lugar.
Todos estaban allí cuando
atravesó la puerta de su sala de reuniones, mirándole con algo de rabia y
decepción. Arista, era la que controlaba la parte Norte; Rafael controlaba la
parte Oeste; Gabriel tenía la parte Este y a Eric la parte Sur, donde para su
alivio nunca pasaba mucho y casi todo el mundo le apreciaba, no podía decir lo
mismo de sus compañeros.
─Nos debes una explicación, Eric.
¿Pensabas ocultárnoslo toda la vida?, esa niña puede destruirnos, todo cuanto
nos ha costado esto, todo por lo que hemos luchado─ dijo Arista, menuda de
cabellos rubios, pero tremendamente mortal, puesto que, sus poderes de control
podían estrangularte solo con la mirada.
─Hola a ti también, Aris─
como la solíamos llamar ellos en privado─ hace poco que me enteré de que ella
existía, piensa que soy su hermano, pero como ya os pudisteis imaginar, es sólo
una ilusión creada por mis poderes, al igual que todo lo que a ella la rodea.
Sólo quería estar seguro, controlarla y protegerla─ dijo con calma.
─Deberías habérnoslo dicho y
no que nos tuviéramos que enterar por medio de Gabriel. Aunque la situación es
ahora más propicia para nosotros, ya que las podremos manipular, la arma será
nuestra en vez de que la puedan utilizar en nuestra contra─ dijo esta vez
Rafael. Él era alto, aunque no tanto como Eric, moreno, cabellos largos negros
y ojos casi negros como la noche, su poder era la fuerza sobrehumana, que
poseía, capaz de destrozar el más duro de los materiales de la tierra.
─Ya que lo has hecho hasta
ahora y ella, confía en ti. Sigue con ello, pero vigílala muy de cerca. Con tus
encantos innatos, Eric─ pronuncio Aris─ debes seducirla, hacer que no nos
traicione, llegado el momento y este tan enamorada de ti, que te siga a donde
quiera que vayas.
─ ¿Estás loca, Aris?─ dijo
Eric levantando la voz, enfurecido─ ella piensa que somos hermanos, en la
tierra eso es algo prohibido, nuca me verá como algo más que su hermano.
─Oh, vamos Eric. ¿Desde
cuándo a ti te importan esas cosas o han sido un problema para tus propósitos?─
soltó Rafael con sarcasmo y una visible envidia, pues él, como se decía por ahí
no era famoso por sus conquistas.
─Eres un envidioso Rafael,
deja de utilizar sarcasmos conmigo o…─ dijo Eric amenazándolo, a lo que Rafael
se acercó con furia en la mirada incitándole a que se atreviera, para iniciar
una pelea.
─Basta ya. Parecéis niños─
dijo Aris poniéndose en medio de ellos─ tengo entendido que Gabriel también
está en su mismo colegio. Tú te encargarás─ dijo señalándole.
─Oh, no. De ninguna manera─
contraatacó Eric terriblemente furioso y con sus músculos tensionados. No
pensaba permitir que nadie la tuviera, si él no podía tenerla.
─Esto es lo que hay, chicos.
Uno de los dos, me da igual quién. Sólo me interesa esa chica para que no nos
mate, no olvidéis que con esto también salváis vuestros traseros. Doy por
terminada la sesión y la discusión─ dijo Aris, mientras se acercaba a la puerta
de la sala a gran velocidad─ nos volveremos a reunir en un mes, pero esta vez
en mi reino. No me gusta viajar tanto, es malo para mi cutis─ y con esas
palabras salió al enorme prado que se extendía por todo el hermoso lugar que
era aquella tierra.
Todos se marcharon. Gabriel fue el último, que provocó a
Eric susurrándole al oído; ─ A mí también me gusta, de manera que, prepárate
para la guerra, Lucifer─ sabía que él odiaba ese nombre y lo había hecho solo
para lastimarlo y dañarlo. No se lo permitiría. Alejandra era suya, conseguiría
conquistar su corazón, aunque pensaran que eran hermanos. La aria olvidarse de
eso, la seduciría, aunque ella no quisiera, sería suya. Probaría por fin esos
labios carnosos y rosados que tanto le atraían.
─Prepárate tu Gabriel─ dijo cuando el ya estaba bastante
alejado de la puerta, pero sabiendo que aún podía oírle─ seré yo quien se quede
con su corazón.
****
No recuerdo a qué hora me
dormí, pero me desperté con el maldito pitido de mi despertador negro de
sobremesa. Eran las siete de la mañana y en una hora tenía que estar en el
castillo ostentoso, que era mi colegio.
Siempre me despertaba la misma hora, con tiempo suficiente para
ducharme, vestirme, desayunar y caminar hasta aquel lugar. Hoy había decidido
llevar mi abrigo largo negro, bastante a juego con mi uniforme, ya que hacía
bastante frió, a pesar de que en nada sería verano de nuevo.
Desayune mis tostadas con
mermelada y salí de mi casa, antes de que Eric, pudiera venir conmigo. Ese
momento de mi casa al instituto era mi momento de relajarme, caminar y
reflexionar. Algo de paz interior que con él a mi lado, me sería imposible y
que hoy necesitaba después de mi larga noche sin casi pegar ojo.
No pensaba contárselo a Lía
de momento, no es porque no me fiara de mi mejor amiga, sino que, tenía el
presentimiento de que era mejor que continuara en la ignorancia con esto. El
viento mecía las hojas de los árboles que había a lo largo del camino, como si
el presagio de que algo malo podría ocurrir en cualquier momento o eso es lo
que a mí me parecía.
Hoy me tocaban casi todas
las asignaturas entre la primera y segunda planta, por lo que, no tendría que
moverme mucho. Mi sorpresa fue mayúscula, cuando en la puerta principal, me
encontré con Gabriel apoyado, esperando a alguien. Pasé con la cabeza agachada
sujetando mi mochila, cuando me algo me agarró del brazo. Me volteé sumamente
cabreada, cosa que se esfumo cuando vi los cabellos rubios de Gabriel.
─Hola, mi nombre es Gabriel.
Nos conocimos en la clase del profesor Matías─ dijo con una gran sonrisa.
─Am…sí, claro. ¿Qué
quieres?─ esto cada vez era más extraño, jamás me hubiera imaginado que este
ahora viniera a hablar conmigo, estaba claro que aquí pasaba algo.
─Solo me preguntaba si te
gustaría tomarte algo conmigo en el descanso─ dijo con su sonrisa de nuevo en
la cara.
─ ¿Me estas pidiendo una
cita?...jajaja… ¿en serio?─ sin poder aguantar la risa. Esto era de locos.
Estaba a punto de contestarle que no, cuando vi como su cabeza se alzaba y
miraba a lo lejos detrás de mí. Me giré intrigada y vi a Eric, notablemente
enfadado y con sus músculos en tensión acercándose. Esta era mi oportunidad
perfecta, aceptaría la proposición de Gabriel y así, le demostraría mi
hermanito, que yo hacía lo que quería. Estaba enamorada de él, pero no pensaba
obedecerle en todo lo que me dijera.
De manera que me volví a
girar hacía Gabriel y le respondí que nos veríamos a las once y media en la
cafetería, ya que a esas horas salíamos al descanso, justo cuando Eric pasó al
lado nuestro y nos miró con la misma furia que desde lejos.
Lía me esperaba en clase, ya
sentada. Hoy nos tocaba español, su profesora era la que me había encontrado en
el pasillo, cuando descubría a aquellos dos discutiendo. Antes de que entrara
aproveche para contarle a Lía, que estaría con Gabriel en el descanso y que
aceptaba para fastidiar a mi hermano por lo borde y estúpido que llevaba estos
días.
Las clases pasaron con
normalidad, excepto en Lengua que todos protestamos por el nuevo libro que nos
habían mandado leer.
Cuatro
corazones con freno y marcha atrás de Enrique Jardiel Poncela ya lo habíamos leído en primer año y
queríamos leer algo nuevo, de manera que propusimos un concurso. Todos
propondríamos un título, siempre y cuando no fuera muy popular como Crepúsculo o Harry Potter, ya que la inmensa mayoría lo habíamos leído y
votaríamos para que contara este último trimestre en el examen.
Después de una interminable votación
los libros más votados fueron: Crónica de
una muerte anunciada de Gabriel
García Márquez e Historia de una
escalera de Antonio Buero Vallejo;
las dos obras entretenidas, la primera las idas y venidas de un pueblo un tanto
raro y el segundo una obra de teatro que contaba las inclemencias de los
vecinos de un edificio.
Finalmente nos leeríamos Historia de una escalera, ya que la gran
mayoría pensaba que era más fácil leer una obra de teatro y así a los que no
les gustara la lectura, sentirían curiosidad y la leerían o eso es lo que dijo
nuestra profesora de Lengua.
La alarma sonó como siempre
para anunciarnos el término de las clases y el comienzo del recreo, que solo
duraba media hora. Me despedí de Lía, dejándola con Shannon, otra de las
compañeras con la que nos habíamos empezado a llevar este último curso y me
dirigí a la cafetería en busca de Gabriel.
Estaba casi en la entrada
cuando alguien de nuevo, me tiró del brazo, metiéndome en una clase vacía.
Levanté la vista, furiosa de nuevo y vi, esta vez a mi hermano, Eric.
─ ¿Que mierda haces,
Hermanito?─ le dije furiosa, pero con mi corazón a mil por hora.
─¿ Se puede saber que hacías
con ese idiota, Alex? .Te dije que no te acercaras a él y no solo no me has
hecho caso, sino que, quedas en la cafetería a tomar algo.
─ Te dije y te vuelvo a
repetir, que soy mayorcita, hermanito. Puedo hacer lo que me venga en gana,
déjame en paz─ dije y me dirigí a la puerta para salir de allí.
─ Espera─ y me volvió a coger del brazo atrayéndome
hacía él─ Gabriel es peligroso, aléjate de él, por favor.
─ Lo de hermano protector no
te pega, Eric. Dame otra buena razón para que me aleje de él o saldré por esa
puerta hacía la cafetería─ dije con todo el valor que me quedaba, pues me
constaba un mundo ya que estamos muy pegado el uno al otro.
─ Porque…yo no quiero que
estés con él─ y estoy segura que me quedé blanca, en shock, era sin duda la
repuesta que menos esperaba y la que menos daría un hermano.
─ Alex…─ y me cogió la
barbilla, con sus fuertes manos, levantándome la cara hacia él─ te protegeré,
siempre─ y su cara se acercó a la mía dándome un casto beso en la mejilla
derecha, que a mí me hizo flotar en el aire.
Después de aquello, se
marchó, dejándome sola en la inmensidad de la clase vacía, intentando volver a
respirar con normalidad y diciéndole a mis pies que debería caminar, que me
esperaban en la cafetería y que ahora tenía una escusa más fuerte aún, para
darle celos a Eric y pensar en que mi anhelo porque él me amara era más grande
que hace unos días.
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