domingo, 30 de junio de 2013

LAZOS PROHIBIDOS



Capítulo 3


Me tumbé en la cama bocabajo, en mis sábanas rosas, sólo tenía ganas de dormir.
Cada vez me costaba más disimular mi indiferencia hacia Eric, mi hermanastro. Mi mente daba vueltas y vueltas al tema, estaba más que claro que lo que fuera que aquel chico, Gabriel, y él estaban hablando era  algo importante y él no quería decirme nada.  Una luz en la puerta de mi cuarto, me sacó de mis pensamientos, mientras de hacía sutilmente la dormida, pensando que eran mis padres que habían vuelto de su cena romántica de aniversario.
Pero ese olor familiar, que conocía tan bien me decía que era Eric, el que estaba traspasando la puerta de mi habitación. Mis músculos se tensaron, me puse nerviosa, intentando por todos los medios parecer dormida, mientras él se acercaba a mí y me daba un beso en la frente.
─Alejandra, te protegeré, de todo y de todos. Nunca permitiré que te hagan daño, dulces sueños─ y sentí que la puerta se volvía a abrir, para después volver a cerrarse con cuidado.
¿Qué mierda había sido aquello?...yo tenía razón, entonces, yo era la persona de la que hablaban aquellos dos en los laboratorios de química, Eric, me ocultaba algo, algo grande e importante. Tendría que averiguarlo, si él no pensaba decírmelo, pensaba probar suerte con su amiguito o lo que fuera Gabriel. No pensaba quedarme parada, el diecisiete de septiembre cumpliría los dieciocho años y para eso sólo quedaban tres meses, tiempo suficiente para enterarme de lo que iba a suceder conmigo.
Intenté dormirme por todo los medios, sin mucho resultado, lo de contar ovejitas, funcionaba cuando eras niña, con todo lo que yo tenía en la cabeza y sobre todo, por las angustiadas preguntas que recorrían mi mente me era imposible. Cansada pero sin sueño, me puse a leer un rato, ya que era otra cosa que me encantaba a parte de escuchar música y así mi mente se olvidaría de lo extraño que resultaba mi hermano en estos momentos y de las interminables preguntas que tenía en mi subconsciente.

****
Hacía dos meses que Eric  no volvía a ese lugar, pero tal como había dicho Gabriel, tenía que dar explicaciones, ya que había mantenido en secreto la existencia de Alejandra.
Había ido a verla a su cuarto haber si estaba bien, no soportaba verla llorar, pero ella estaba dormida y su cara tan hermosa, que no había podido reprimir las ganas de besarla en la frente. Le llamaba la atención como nadie en sus miles de años de vida, lo había conseguido y eso, que muchas mujeres habían pasado por su cama, pues era uno de los cuatro grandes y su hermosura a los ojos de los demás les atraía.
Con ella era diferente, la había visto crecer, su hermosura había aumentado a causa del aumento de su edad y era cada vez más bella y atractiva. Sus ojos castaños claros como el agua, que te podías reflejar en ellos, su cabello castaño-liso y sus labios gruesos y rojos, hacían que fuera una tortura para él contemplarla y no poder darle un beso en los labios, pero para ella él, solo era su hermano y eso la asustaría.
Eric abrió la enorme puerta negra y se dirigió al salón de reuniones de su casa, donde estaba seguro que los demás estaban esperándole. Esa casa la había construido y supervisado él, quería que fuera su refugio y hogar por siglos, pero cuando se fue a vivir con Alejandra como su hermano, no pasaba muchas noches en ella, ya que se le hacía muy fría y vacía, porque ella no estaba con él, un sentimiento nuevo para Eric, que no sabía interpretar.
Él era una de los cuatro grandes, que habían sobrevivido  al apocalipsis y que reinan en los cuatro puntos cardenales de la tierra de los muertos. Al contrario de lo que todo el mundo pensaba, no existía ni cielo, ni infierno, sino que al morir ibas a una especie de limbo gobernado por ellos, según el país donde vivías. Allí sólo con pensarlo tenías lo que desearas siempre que no fuera algo malo, además de que las familias tenían el mismo lugar para sus antepasados y así, convivían generaciones de su misma familia.
Para controlar la paz aparte de ellos, que poseían inmensos poderes, pues descendían de Dios, habían creado a los ángeles guardianes, que hacían que se hicieran cumplir las normas que estaban desde hace ya bastantes siglos.
La principal de ellas era que no se le podía decir a nadie como era en realidad la muerte, que existía este lugar y que era un lugar maravilloso, a pesar de las normas. La gente necesitaba el control de saber que podía haber algo malo y que tenían que luchar por su vida, sino todo el mundo que le salieran mal las cosas, terminarían suicidándose para acceder a este lugar.
Todos estaban allí cuando atravesó la puerta de su sala de reuniones, mirándole con algo de rabia y decepción. Arista, era la que controlaba la parte Norte; Rafael controlaba la parte Oeste; Gabriel tenía la parte Este y a Eric la parte Sur, donde para su alivio nunca pasaba mucho y casi todo el mundo le apreciaba, no podía decir lo mismo de sus compañeros.
─Nos debes una explicación, Eric. ¿Pensabas ocultárnoslo toda la vida?, esa niña puede destruirnos, todo cuanto nos ha costado esto, todo por lo que hemos luchado─ dijo Arista, menuda de cabellos rubios, pero tremendamente mortal, puesto que, sus poderes de control podían estrangularte solo con la mirada.
─Hola a ti también, Aris─ como la solíamos llamar ellos en privado─ hace poco que me enteré de que ella existía, piensa que soy su hermano, pero como ya os pudisteis imaginar, es sólo una ilusión creada por mis poderes, al igual que todo lo que a ella la rodea. Sólo quería estar seguro, controlarla y protegerla─ dijo con calma.
─Deberías habérnoslo dicho y no que nos tuviéramos que enterar por medio de Gabriel. Aunque la situación es ahora más propicia para nosotros, ya que las podremos manipular, la arma será nuestra en vez de que la puedan utilizar en nuestra contra─ dijo esta vez Rafael. Él era alto, aunque no tanto como Eric, moreno, cabellos largos negros y ojos casi negros como la noche, su poder era la fuerza sobrehumana, que poseía, capaz de destrozar el más duro de los materiales de la tierra.
─Ya que lo has hecho hasta ahora y ella, confía en ti. Sigue con ello, pero vigílala muy de cerca. Con tus encantos innatos, Eric─ pronuncio Aris─ debes seducirla, hacer que no nos traicione, llegado el momento y este tan enamorada de ti, que te siga a donde quiera que vayas.
─ ¿Estás loca, Aris?─ dijo Eric levantando la voz, enfurecido─ ella piensa que somos hermanos, en la tierra eso es algo prohibido, nuca me verá como algo más que su hermano.
─Oh, vamos Eric. ¿Desde cuándo a ti te importan esas cosas o han sido un problema para tus propósitos?─ soltó Rafael con sarcasmo y una visible envidia, pues él, como se decía por ahí no era famoso por sus conquistas.
─Eres un envidioso Rafael, deja de utilizar sarcasmos conmigo o…─ dijo Eric amenazándolo, a lo que Rafael se acercó con furia en la mirada incitándole a que se atreviera, para iniciar una pelea.
─Basta ya. Parecéis niños─ dijo Aris poniéndose en medio de ellos─ tengo entendido que Gabriel también está en su mismo colegio. Tú te encargarás─ dijo señalándole.
─Oh, no. De ninguna manera─ contraatacó Eric terriblemente furioso y con sus músculos tensionados. No pensaba permitir que nadie la tuviera, si él no podía tenerla.
─Esto es lo que hay, chicos. Uno de los dos, me da igual quién. Sólo me interesa esa chica para que no nos mate, no olvidéis que con esto también salváis vuestros traseros. Doy por terminada la sesión y la discusión─ dijo Aris, mientras se acercaba a la puerta de la sala a gran velocidad─ nos volveremos a reunir en un mes, pero esta vez en mi reino. No me gusta viajar tanto, es malo para mi cutis─ y con esas palabras salió al enorme prado que se extendía por todo el hermoso lugar que era aquella tierra.

Todos se marcharon. Gabriel fue el último, que provocó a Eric susurrándole al oído; ─ A mí también me gusta, de manera que, prepárate para la guerra, Lucifer─ sabía que él odiaba ese nombre y lo había hecho solo para lastimarlo y dañarlo. No se lo permitiría. Alejandra era suya, conseguiría conquistar su corazón, aunque pensaran que eran hermanos. La aria olvidarse de eso, la seduciría, aunque ella no quisiera, sería suya. Probaría por fin esos labios carnosos y rosados que tanto le atraían.
─Prepárate tu Gabriel─ dijo cuando el ya estaba bastante alejado de la puerta, pero sabiendo que aún podía oírle─ seré yo quien se quede con su corazón.
****
No recuerdo a qué hora me dormí, pero me desperté con el maldito pitido de mi despertador negro de sobremesa. Eran las siete de la mañana y en una hora tenía que estar en el castillo ostentoso, que era mi colegio.
 Siempre me despertaba  la misma hora, con tiempo suficiente para ducharme, vestirme, desayunar y caminar hasta aquel lugar. Hoy había decidido llevar mi abrigo largo negro, bastante a juego con mi uniforme, ya que hacía bastante frió, a pesar de que en nada sería verano de nuevo.
Desayune mis tostadas con mermelada y salí de mi casa, antes de que Eric, pudiera venir conmigo. Ese momento de mi casa al instituto era mi momento de relajarme, caminar y reflexionar. Algo de paz interior que con él a mi lado, me sería imposible y que hoy necesitaba después de mi larga noche sin casi pegar ojo.
No pensaba contárselo a Lía de momento, no es porque no me fiara de mi mejor amiga, sino que, tenía el presentimiento de que era mejor que continuara en la ignorancia con esto. El viento mecía las hojas de los árboles que había a lo largo del camino, como si el presagio de que algo malo podría ocurrir en cualquier momento o eso es lo que a mí me parecía.
Hoy me tocaban casi todas las asignaturas entre la primera y segunda planta, por lo que, no tendría que moverme mucho. Mi sorpresa fue mayúscula, cuando en la puerta principal, me encontré con Gabriel apoyado, esperando a alguien. Pasé con la cabeza agachada sujetando mi mochila, cuando me algo me agarró del brazo. Me volteé sumamente cabreada, cosa que se esfumo cuando vi los cabellos rubios de Gabriel.
─Hola, mi nombre es Gabriel. Nos conocimos en la clase del profesor Matías─ dijo con una gran sonrisa.
─Am…sí, claro. ¿Qué quieres?─ esto cada vez era más extraño, jamás me hubiera imaginado que este ahora viniera a hablar conmigo, estaba claro que aquí pasaba algo.
─Solo me preguntaba si te gustaría tomarte algo conmigo en el descanso─ dijo con su sonrisa de nuevo en la cara.
─ ¿Me estas pidiendo una cita?...jajaja… ¿en serio?─ sin poder aguantar la risa. Esto era de locos. Estaba a punto de contestarle que no, cuando vi como su cabeza se alzaba y miraba a lo lejos detrás de mí. Me giré intrigada y vi a Eric, notablemente enfadado y con sus músculos en tensión acercándose. Esta era mi oportunidad perfecta, aceptaría la proposición de Gabriel y así, le demostraría mi hermanito, que yo hacía lo que quería. Estaba enamorada de él, pero no pensaba obedecerle en todo lo que me dijera.
De manera que me volví a girar hacía Gabriel y le respondí que nos veríamos a las once y media en la cafetería, ya que a esas horas salíamos al descanso, justo cuando Eric pasó al lado nuestro y nos miró con la misma furia que desde lejos.
Lía me esperaba en clase, ya sentada. Hoy nos tocaba español, su profesora era la que me había encontrado en el pasillo, cuando descubría a aquellos dos discutiendo. Antes de que entrara aproveche para contarle a Lía, que estaría con Gabriel en el descanso y que aceptaba para fastidiar a mi hermano por lo borde y estúpido que llevaba estos días.
Las clases pasaron con normalidad, excepto en Lengua que todos protestamos por el nuevo libro que nos habían mandado leer.
Cuatro corazones con freno y marcha atrás de Enrique Jardiel Poncela ya lo habíamos leído en primer año y queríamos leer algo nuevo, de manera que propusimos un concurso. Todos propondríamos un título, siempre y cuando no fuera muy popular como Crepúsculo o Harry Potter, ya que la inmensa mayoría lo habíamos leído y votaríamos para que contara este último trimestre en el examen.
Después de una interminable votación los libros más votados fueron: Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez e Historia de una escalera de Antonio Buero Vallejo; las dos obras entretenidas, la primera las idas y venidas de un pueblo un tanto raro y el segundo una obra de teatro que contaba las inclemencias de los vecinos de un edificio.
Finalmente nos leeríamos Historia de una escalera, ya que la gran mayoría pensaba que era más fácil leer una obra de teatro y así a los que no les gustara la lectura, sentirían curiosidad y la leerían o eso es lo que dijo nuestra profesora de Lengua.

La alarma sonó como siempre para anunciarnos el término de las clases y el comienzo del recreo, que solo duraba media hora. Me despedí de Lía, dejándola con Shannon, otra de las compañeras con la que nos habíamos empezado a llevar este último curso y me dirigí a la cafetería en busca de Gabriel.
Estaba casi en la entrada cuando alguien de nuevo, me tiró del brazo, metiéndome en una clase vacía. Levanté la vista, furiosa de nuevo y vi, esta vez a mi hermano, Eric.
─ ¿Que mierda haces, Hermanito?─ le dije furiosa, pero con mi corazón a mil por hora.
─¿ Se puede saber que hacías con ese idiota, Alex? .Te dije que no te acercaras a él y no solo no me has hecho caso, sino que, quedas en la cafetería a tomar algo.
─ Te dije y te vuelvo a repetir, que soy mayorcita, hermanito. Puedo hacer lo que me venga en gana, déjame en paz─ dije y me dirigí a la puerta para salir de allí.
─ Espera─  y me volvió a coger del brazo atrayéndome hacía él─ Gabriel es peligroso, aléjate de él, por favor.
─ Lo de hermano protector no te pega, Eric. Dame otra buena razón para que me aleje de él o saldré por esa puerta hacía la cafetería─ dije con todo el valor que me quedaba, pues me constaba un mundo ya que estamos muy pegado el uno al otro.
─ Porque…yo no quiero que estés con él─ y estoy segura que me quedé blanca, en shock, era sin duda la repuesta que menos esperaba y la que menos daría un hermano.
─ Alex…─ y me cogió la barbilla, con sus fuertes manos, levantándome la cara hacia él─ te protegeré, siempre─ y su cara se acercó a la mía dándome un casto beso en la mejilla derecha, que a mí me hizo flotar en el aire.
Después de aquello, se marchó, dejándome sola en la inmensidad de la clase vacía, intentando volver a respirar con normalidad y diciéndole a mis pies que debería caminar, que me esperaban en la cafetería y que ahora tenía una escusa más fuerte aún, para darle celos a Eric y pensar en que mi anhelo porque él me amara era más grande que hace unos días.






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